La misión de los Salesianos Cooperadores hoy

Sobre el fundamento de los apóstoles y  con María, toda la Iglesia es la  gran cooperadora del Padre y de Cristo en la obra de una paciente  construcción del Reino, y no hay una cooperación completa y verdadera con Dios fuera de ella: y de esto  Don Bosco estaba plenamente convencido. En la Iglesia todos sus miembros, sin excepción, estamos llamados a cooperar activamente en la realización del proyecto divino de la salvación. Hoy en día, por lo tanto, Cristo, en  nombre del Padre, llama a cada bautizado consciente de su fe y lo envía a los demás. A los cristianos perezosos, desempleados o dormidos, el Señor de la viña le dice: «¡Despiértense! ¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada? – Respuesta actual y dramática: ¡Porque nadie nos ha contratado! – Entonces, vayan también ustedes a mi viña» (Mt 9:37). En la Iglesia no deben haber parásitos: todo bautizado está llamado a colaborar como un buen hijo, en  la empresa paterna  de Dios. Entre los más eminentes colaboradores de Dios en la historia de la Iglesia, el Espíritu Santo ha inspirado a Don Bosco. El se sintió, enviado por Dios y María por dos razones: 1 ° para dedicar toda su vida a la salvación y el desarrollo  integral de los adolescentes y de los jóvenes; 2 ° para fomentar  numerosas fuerzas apostólicas y fundar una grandiosa  y vasta familia salesiana  también ella dedicada  a los jóvenes. Nosotros, los Salesianos Cooperadores, hemos recogido  esta  preciosa herencia y queremos ser «Cooperadores de Dios», como Don Bosco en este momento histórico.

De ahí nace la necesidad y el compromiso para los próximos tres años, de una mayor visión a nivel eclesial, social y político de los Salesianos Cooperadores. ¿Qué significa eso?

  1. Redescubrir el » honesto ciudadano» y el «buen cristiano»

Dijo el Rector Mayor: En un mundo que ha cambiado radicalmente respecto al del siglo XIX, realizar la caridad según criterios estrechos, locales, pragmáticos, olvidando las amplias dimensiones del bien común a nivel nacional y mundial, sería una grave laguna desde el punto de vista sociológico y también teológico. Concebir la caridad solo como limosna o ayuda de emergencia significa moverse arriesgadamente en el ámbito de un “falso samaritanismo”  RM Aguinaldo 2013).

 

En el Proyecto de Vida Apostólica, se dice explícitamente que los Salesianos Cooperadores «Atienden a la formación de una madura conciencia crítica para participar responsablemente en la vida social en los ámbitos de la cultura, de la economía y de la política» (Reglamento, Cap. I. artículo 2 § 2)

Don Bosco escribió en la introducción a su Reglamento; «Cooperadores Salesianos, o sea, un modo práctico de ayudar a las buenas costumbre y a la sociedad civil.» Se trata por lo tanto de entender el significado de estas palabras y traducirla  hoy,  en un compromiso práctico y concreto. Y  es una gran  responsabilidad y un serio compromiso de este Congreso.

La misión de los Salesianos Cooperadores  es la de construir  un mundo que  sea verdaderamente «humano»  y  participar en la edificación de  la Iglesia local y universal, y de una manera muy especial con la participación de los jóvenes, tanto en una como en otra. Nosotros trabajamos por el desarrollo integral de todos, especialmente de los jóvenes y adultos, ayudándoles a convertirse en  honestos ciudadanos  y buenos cristianos.  Por los tanto la acción salesiana no es sólo evangelización y oración, y no es tampoco sólo un puro servicio social; sino una cosa y la otra. Es un trabajo que consiste en liberar a los jóvenes y a los pobres de todas  formas de opresión y explotación y  en  promocionar  y  velar por sus derechos económicos, sociales y culturales, en vista de  su presencia constructiva en este campo.

Hoy se nos pide trabajar en  una obra de humanización con una orientación cristiana en  las distintas  áreas humanas mediante la inserción de los valores esenciales del evangelio como  la verdad, la justicia, la libertad, la fraternidad, la paz, la unión con Dios. Es  educar a la juventud y al pueblo en la fe, mediante el testimonio de una profunda comunión cristiana, proclamando  el anuncio del Evangelio y la catequesis.

Todo esto no se debe considerar  como actividades distintas, independientes o paralelas, sino como dimensiones diferentes de una acción  vistas sólo en su totalidad. Se trata, en definitiva, de ser, como Don Bosco, para los jóvenes y los pobres, un signo vivo de Cristo  Liberador de todas las formas de esclavitud, y Evangelizador de los pobres.

  1. ¿Qué entendemos por honesto ciudadano y buen cristiano?

Una idea generalizada de lo que es el bien común, sin percatarse del verdadero sentido histórico en las complejas situaciones del momento, es erróneo. La construcción de un orden social justo, por el cual cada persona recibe lo que le corresponde, es una tarea fundamental que cada generación debe afrontar de nuevo. El compromiso de «honesto ciudadano » por el bien común,  se vuelve entonces un estilo de vida, un actuar caracterizado por algunas decisiones en concreto, que se  debería exigir  a los que se han comprometido o quieren dedicarse al campo de  la realidad socio-cultural. Resumo  estas exigencias en cinco puntos  que me parecen indispensables para aquellos que se  quieren dedicar al servicio de la Sociedad.

En primer lugar, El compromiso por la ética pública y la moral social debe ser inseparable del compromiso ético en el plano personal. Debe ser rechazada la lógica de la farsa o de la máscara,  que combina «vicios privados y virtudes públicas». Esto implica reconocer la primacía de la conciencia en el actuar  social y el derecho de cada representante del pueblo,  a la objeción de conciencia en cuestiones éticamente relevantes, pero también significa que la credibilidad debe ser  medida por  la sobriedad de su  estilo de vida, por  la  generosidad,  por la  perseverancia  en el compromiso,  y  la fidelidad efectiva de  los valores  proclamados.

En segundo lugar, en la relación con los ciudadanos, los Salesianos Cooperadores deben seguir la máxima formulada por Don Lorenzo Milani y por  los muchachos de su escuela de Barbiana: «Pertenecer al grupo y tener voz».  Esto significa estar cerca de la gente, escuchar sus problemas,  ser voz de los sin voz y  defenderlos. No estamos al servicio de los potentes y señores  del momento, sino del pueblo. En el compromiso por el bien común,  los pobres, los sin voz, y  los débiles socialmente,  deben ser  considerados como referentes,   que se les  debe  escuchar y respetar: el estatus social, la educación y  el cuidado de la salud para todos no debe ser  un logro dudoso, sino mas bien  valores esenciales  que no se pueden renunciar,   sino proteger y mejorar  y liberarlos de la dependencia social o del asistencialismo que no sirve de nada  a los pobres.

En tercer lugar, La dialéctica de la vida cultural, social y político siempre estará subordinada  a la búsqueda de convergencias posibles para trabajar juntos por el bien común.  La responsabilidad compartida, el diálogo y la participación deben prevalecer a ideas preconcebidas e inspiradas en  intereses personales o de grupo. El bien común debe prevalecer a los intereses personales o de partidos políticos y grupos sociales.

En cuarto lugar: En el  servicio del bien común hay que saber  alcanzar los objetivos de una forma justa, necesaria y gradualmente. La lógica populista de las promesas «de una vez, todo, y ahorita» a menudo ha originado promesas que no se han mantenido, fuertes discusiones, actos violentos y el fracaso de causas a veces justas y bien intencionadas. Hay que alcanzar el fin con paciencia y disciplina, sin demora indebida, sin ceder a compromisos morales y sin tener que recurrir a medios desleales. Cada elección hecha en vista del bien común no debe medirse sólo en el efecto inmediato, sino también por su importancia y su papel educativo al servicio de todos. Y de una manera especial y particularmente me refiero a la defensa y protección de los valores fundamentales  de la vida humana en todas sus etapas como: la promoción de la familia,  la justicia para todos, el rechazo a las guerras y a la violencia en todas sus formas y  en el esfuerzo en procurar la paz.

Este conjunto de mínimas reglas dictadas para el bien común, no tendrían su efecto o resultado  si no hubiese una reacción moral que provocara en todos y especialmente en los jóvenes, razones justificadas de vida y de esperanza. La razón de todo esto no es la ganancia de unos pocos, sino el futuro que todos juntos podremos construir.

  1. La necesidad de una ética para crecer juntos

¿Cómo orientarse en el actuar social y político en esta época de profundas tensiones que estamos viviendo,  caracterizada por procesos de globalización y crisis económicas financieras? ¿Cómo  apuntar a soluciones sin condicionamientos sino en vista del bien común, en un contexto marcado por intrigas y una enorme corrupción   y de una generalización de interpretaciones instrumentalizadas aplicadas  a todos los comportamientos y las decisiones de carácter público?

Estas son las preguntas  que personalmente creo que cada uno y en particular el salesiano cooperador,  como discípulo de Jesús e hijo de Don Bosco,  debe hacerse frente a las urgentes necesidades que nos interpelan a todos y especialmente a las inquietudes de los más débiles y a los más amenazados por la inseguridad económico-política actual.

A todo esto no podemos dar una respuesta fácil, improvisada…….Es necesario y urgente darle una respuesta seria, motivada y responsable, y para hacerlo es imperativo individualizar un criterio serio, inspirador y trascendente, al cual referirse.  Un criterio  que inspire y al mismo tiempo que sea creíble y se pueda aplicar;  para poderlo defender con convicciones profundas  y  personales;  afrontarlo con  decisiones prácticas;  dispuestos a sufrir personalmente por las decisiones escogidas.

Este criterio podría remontarse al ya  elaborado por San Agustín en un tiempo no menos dramático y complejo del que estamos viviendo, y me refiero   al ocaso del Imperio Romano: ¿cuántos cristianos fueron acusados ​​de ser responsables de la degradación espantosa, y sin embargo el Obispo de Hipona  no tuvo  miedo en  indicar los motivos reales de la crisis. La profunda causa de la crisis  de la grandeza de Roma es, para San Agustín, de carácter moral: la tendencia generalizada – respaldada por los líderes, y al mismo tiempo de  aceptación popular – a preferir la vanitas a la veritas. Los dos conceptos son la expresión de  una lógica opuesta: la vanidad está relacionada con  la primacía de la apariencia, el triunfo de la máscara que esconde exclusivamente  los intereses egoístas y los  proyectos de corto alcance encubiertos por espectaculares   intenciones. La  vanitas es indulgente frente al mal,  se rinde a los compromisos superficiales, presenta una falsa  fachada de respetabilidad, es hipócrita e incapaz de ocultar el verdadero juego de intereses. La verdad es aquella que mide  las decisiones sobre los valores éticos permanentes, y por tanto la dignidad inalienable de la persona humana frente a su destino temporal y eterno. Al mundo «que se disuelve y se hunde», él  ve que se opone  la obra de Dios, que está conformando una familia, para construir la  ciudad eterna y gloriosa «no por merito de la vanidad,  sino gracias al juicio y el esfuerzo de la verdad» (De Civitate de, II, 18,3).

La percepción de la realidad  actual es impresionante: frente a  una civilización de la máscara, que persigue los mitos del consumismo desenfrenado y un hedonismo galopante se vislumbra una visión alternativa, basada en la verdad de las cosas y en la primacía de los valores frente a los cuales ninguna persona se puede escapar. ¿Cuál  es esta verdad? ¿Cuáles son estos valores? Confrontaremos Vanitas y  Veritas en cuatro grandes áreas de los problemas que afectan a la responsabilidad de cada hombre y mujer que se preocupa por el bien público, sea cual sea el papel que desempeña.

  • En el plano de la política y de las instituciones.

La deshumanización de la vida civil frente a la cual nos encontramos tan a menudo, es también el resultado de una forma de gobierno que  ha separado  la autoridad de su verdadera forma de actuar;  y la representación democrática,   de las necesidades e intereses reales de los ciudadanos. El ideal del, así llamado,  buen  gobierno  (good governance) es inseparable de un fuerte contenido ético, que  respeta la participación de todos en los problemas  y  se preocupa por las necesidades de ellos y no  se presta a la   instrumentalización  de  los individuos y grupos sociales para alcanzar su propios fines.

  • En el plano de la cultura y de los recursos espirituales,

la vanitas triunfa, donde se privilegia lo efímero, erradicando la realización del bien común de la memoria colectiva, a la cual pertenecen las obras de arte, de  ingenio y las tradiciones espirituales y religiosas. Una comunidad que pierde  su memoria, al mismo tiempo es privada de su identidad y corre el riesgo de ser expuesta a instrumentalizaciones perversas.  El triunfo de la veritas consiste aquí en el respeto y  en la promoción del patrimonio cultural,  artístico, religioso de la colectividad que es  base para el reconocimiento de necesidades reales y las prioridades que hay que lograr. La atención  a la educación de los jóvenes, escuelas y universidades, es una consecuencia que se inspira en  la presencia de  la verdad en esta área.

 

  • En el plano de la economía

también está sujeto al antagonismo y a la rivalidad entre  vanitas y Veritas: si la primera se inspira en la acción orientada al beneficio económico por sí solo y el interés privado, el segundo se preocupa por una economía integrada,  y no solo a la  maximización de la utilidad, sino también a la participación de todos en los bienes,  incluyendo también a los más débiles; se preocupa por la promoción de los jóvenes, las mujeres, los ancianos, las minorías. Un Economía de comunión, que tiene por objeto la puesta en común de los recursos, el respeto por la naturaleza, la participación colectiva de los beneficios, los dividendos destinados a fines sociales, la responsabilidad  con las generaciones futuras, puede ser un modelo importante del punto de inflexión necesario en este campo.

El principio de  gratuidad en la economía,  del cual habla la Caritas in veritate es un factor irrenunciable para el desarrollo de  todos. La ciudad futura no puede ser  programada  y dirigida por  lógicas exclusivamente utilitarista: o será el resultado de una economía  integradora, que combina los sectores público y privado para que sean compatibles con ella en el   papel de una economía civil que puede estar en grado de valorizar  todos los sujetos en juego y capaz de promover un crecimiento colectivo,  o correrá el riesgo de fomentar los procesos de fragmentación que producen la deshumanización de la ciudad.  De ahí la importancia de que la persona  humana sea el centro,  como termino de  referencia y  medida en todas sus expresiones, es el criterio verdaderamente decisivo, donde vanitas y Veritas  se discriminan.

  • Por último, la ética

es en general  el campo más apropiado y profundo de la dialéctica propuesta por San Agustín: A una moral individualista y utilitarista, que busca exclusivamente los intereses de unos  pocos, muchas veces disfrazada  detrás de las mascaras de una falsa moral, es necesario  contraponer una  ética de la verdad, abierta a los valores fundados  sobre la comunidad humana y sobre la dignidad trascendente de la persona. Esta ética se va a caracterizar por proteger y favorecer la responsabilidad hacia los demás, hacia un mismo y hacia el ambiente; por la consecuente necesidad de la solidaridad y de la participación, que ponen en primer plano los derechos de los más débiles,  de los individuos, de los grupos, de los pueblos y de las  naciones, y por la apertura a los valores espirituales, que van juntos a los bienes culturales y artísticos, a la libertad religiosa y de consciencia, al respeto y a la promoción  de nuevas experiencia de búsqueda, de culto y testimonianza de Dios.

Todo esto a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia

El horizonte en el que se desarrolla la doctrina social de la Iglesia está constituido por la antropología cristiana, con su concepto de la dignidad del hombre y de su ser en relación con los demás miembros que componen la sociedad.

La persona humana

La persona humana es el punto central alrededor del cual gira la reflexión de toda la doctrina social. Se considera  el centro de  la sociedad, debido a su eminente  e inalienable dignidad. Esta dignidad del hombre se funda en que es creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1:26-27). Podemos decir que, en  este punto,  los aportes de la revelación bíblica se cruzan con la reflexión de la razón humana, la cual  llega a afirmar  y reconocer  el valor y la dignidad de la persona.

La persona humana «es siempre un valor en sí y por si misma», y nunca puede ser instrumentalizada,  explotada y tratada como una cosa,  en nombre del Estado o  cualquier institución, o partido. En efecto, «la persona en su individualidad no es un número, no es un eslabón en una cadena, o un engranaje más de un sistema.» La persona humana tiene la supremacía ante el Estado y la sociedad. Ella es  «el derecho humano subsistente» y por lo tanto también el fundamento del derecho. Por consiguiente, no  es el Estado el que, de una  forma  paternalista y benevolente otorga  los derechos a la persona, o decide negarlos, sino mas bien tiene el deber de defender, promover y favorecer el desarrollo de los derechos naturales de todos las personas sin discriminación alguna, porque si esto llegara a suceder, sería «una injusticia totalmente intolerable,   por la deshonra infligida a la dignidad de la persona».

  1. Honesto ciudadano y buen cristiano, hoy

Honesto Ciudadano

De lo dicho se desprende que el honesto ciudadano del tercer milenio no es  el mismo que conoció Don Bosco,  en cuyo tiempo la «política activa», era solo para  una minoría de ricos y privilegiados. Pero tampoco puede considerarse el ciudadano pasivo que  obedece a todas las leyes, no ocasiona  problemas a la justicia, y sólo piensa  «en  su negocio”, en “sus intereses”.

Si la Biblia habla de los pobres y oprimidos, lo hace en nombre de un cierto concepto de Dios, un Dios que se preocupa por los pobres y defiende a  los oprimidos. Oprimir al débil es insultar al Creador, dice el libro de los Proverbios, porque el Señor hace suya  la causa de los pobres (Prov. 14:31). El promover y favorecer   la justicia, el cuidado de los marginados por la sociedad no sólo se funda  en un  deseo de armonía y concordia y en la honestidad de las relaciones. Se  funda  sobre   la voluntad y  el ser mismo de Dios, que se presenta como el defensor de los oprimidos.

Buen cristiano: imaginar a  la Iglesia como una comunidad de personas

La Iglesia del futuro será el rostro del auténtico testimonio. Habría que indicar  los caminos y los medios para «imaginar la Iglesia» del Tercer Milenio. Significa la capacidad de síntesis entre un  sueño futuro y la realización presente,  entre  una mirada más allá del infinito y  la paciencia de transformar  las actividades de la Iglesia de hoy en una perspectiva misionera.

El testimonio como «ejercicio» significa que la vida cristiana es un continuo preocuparse por  asumir  las formas de la vida humana como un alfabeto en el que se dice y se realiza. Sería una interpretación errónea imaginar  que el «mundo» es sólo el escenario  pasivo de una acción salvadora  que el creyente trabaja en beneficio de los demás. El «mundo«, cuando se refiere a las formas en que hombres y mujeres de hoy quieren, sufren,  luchan,  sueñan, aman  y esperan, es el alfabeto del anuncio  del Evangelio.

Como pueden ver, queridos Salesianos Cooperadores, en cualquier parte del mundo donde  se encuentren, hay un  inmenso  trabajo por hacer: ¡se necesitan muchos  obreros! Pero, por fortuna, en esta gran obra  no estamos solos. Jesús está con nosotros, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28:20). Y el Concilio Vaticano II nos asegura que «Constituido Señor por  su resurrección, él…obra ya en los corazones de los hombres por la virtud de su Espíritu» (GS 38), «es el punto de convergencia de los deseos de la historia y de la civilización, el centro del género humano, gozo y plenitud de las aspiraciones de todos los corazones»(GS 45).

Carissimi  Salesianos Cooperadores, vivificados por el Espíritu del Señor Resucitado y fortalecidos por el ejemplo de Don Bosco, procuren ser, por lo tanto, los verdaderos cooperadores salesianos en la ciudad de los hombres y los jóvenes de hoy. Os consuele la presencia materna de María. Ella fue, de manera especial, la primera Cooperadora de su Hijo. De Nazaret a Belén hasta el Calvario y en el Cenáculo, «fue en forma  singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor» (LG 61). Y ahora  también Ella resucitada «colabora con amor de madre al nacimiento y a la educación de los hermanos de su Hijo» (LG 63), y es llamada con razón la «AUXILIADORA» (LG 62). De esto Don Bosco tuvo la absoluta certeza y la experiencia directa, desde el  sueño de los nueve años  hasta su muerte.

Así como  María fue la inspiradora y el baluarte de todas las obras  salesianas hoy sea la inspiradora, la defensora y el baluarte  de nuestra Asociación para ser fieles al carisma de Don Bosco y  cumplir responsablemente con la misión salesiana.

Giuseppe Casti