Custodiar la creación entera. Un servicio que el Obispo de Roma está llamado a cumplir

Estamos invitados a releer la Encíclica Laudato Si y a entrar en la espiritualidad ecológica que nos ofrece, a fin de transformar nuestra vida espiritual y sacramental que no puede desentenderse de todo lo creado. Porque el Espíritu actúa en cada uno de los elementos del universo, llena todo el cosmos con la gloria y la energía de Dios, anima nuestros corazones a buscar siempre lo bueno, lo justo, la belleza. El Espíritu nos empuja a ser parte activa y creativa de la creación y nos hace tomar conciencia de que somos corresponsables en el cuidado y custodia de nuestra casa común.

Por este motivo compartimos con vosotros esta reflexión sobre la Encíclica. Sabemos que existen muchos comentarios sobre el tema, pero nos ha parecido oportuno recordar cómo en todo el magisterio del Papa Francisco está siempre presente el tema ecológico y la Encíclica es sólo la expresión máxima de su deseo.

Francisco: custodia y armonía

Estos dos últimos años, desde el inicio de su Pontificado, el Papa Francisco ha unido su voz, la voz de la Iglesia universal, al debate mundial más reciente. Con su lenguaje eficaz y directo no ha dudado en afirmar: «En gran medida es el hombre quien castiga la naturaleza, continuamente. Nosotros nos hemos adueñado un poco de la naturaleza, de la hermana tierra, de la madre tierra. Me acuerdo – y vosotros ya lo habréis oído alguna vez – de lo que un viejo campesino me dijo en una ocasión: «Dios perdona siempre, nosotros – los hombres – perdonamos algunas veces, la naturaleza no perdona nunca». “Si tú la maltratas, ella lo hace a su vez.» (Conferencia de prensa en el vuelo hacia Manila durante su Viaje apostólico a Sri Lanka y a Filipinas, 15 enero 2015).

En su magisterio, Francisco muestra claramente desde el inicio una visión global, holística, en continuidad con sus predecesores. Los seres humanos, la naturaleza y el ambiente, la creación y la sociedad están unidos entre sí: «Ecología humana y ecología ambiental caminan unidas.» (Audiencia general, 5 junio 2013). Leyendo sus intervenciones, se nota sobre todo que él tiene una visión antropológica, pero no antropocéntrica en el sentido reduccionista del término. Una palabra suya clave es «armonía», más amplia que «reconciliación» y capaz de extenderse a todas las criaturas. La armonía, en efecto, pertenece a todo lo creado en su conjunto y a las relaciones entre los seres vivos. Y es un don de Dios.

Francisco, en la audiencia general del 22 de abril de 2015, en que se celebraba el «Día de la Tierra», afirmó: «Exhorto a todos a ver el mundo con los ojos de Dios creador: la tierra es el ambiente que hay que custodiar y el jardín que hay que cultivar. Que la relación de los hombres con la naturaleza no sea guiada por la codicia, la manipulación y el disfrute, sino que conserve la armonía divina entre las criaturas y lo creado en la lógica del respeto y del cuidado, para ponerla al servicio de los hermanos, y de las generaciones futuras.»

En esta visión amplia, con atención a las «relaciones» y no sólo al hombre entendido como «centro», se pregunta qué impacto tienen el progreso económico, las nuevas tecnologías y el sistema financiero sobre los seres humanos y sobre el ambiente: «Y el peligro es grave – prosigue el Papa en la Audiencia del 5 de junio de 2013 – porque la causa del problema no es superficial, sino profunda: no es sólo una cuestión de economía, sino de ética y de antropología. La Iglesia lo ha subrayado en más ocasiones; y muchos dicen: sí, es justo, es verdad… pero el sistema sigue como antes, porque lo que domina son las dinámicas de una economía y de unas finanzas carentes de ética. Lo que manda hoy no es el hombre: es el dinero, el dinero, la moneda. ¡Y la tarea de custodiar la tierra, Dios nuestro Padre la ha dado no al dinero, sino a nosotros: a los hombres y a las mujeres, i nosotros tenemos este deber! En cambio, hombres y mujeres

son sacrificados a los ídolos del beneficio y del consumo: es la «cultura del descarte».”


Un concepto clave del Papa Francisco, repetido muchas veces desde la Misa de inauguración de su ministerio petrino, es el de la «custodia» de la tierra, teniendo como referencia el «Sea!» creativo de Dios, por una parte, y la alabanza de Francisco de Asís a lo creado, por otra.

En efecto, con estas palabras inició el Papa su Pontificado el 19 de marzo de 2013: «La vocación del custodiar, pero, no solo nos atañe a nosotros los cristianos: tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, pertenece a todos. Se trata de custodiar la creación entera, la belleza de lo creado, como se nos dice en el Libro del Génesis y como nos ha mostrado san Francisco de Asís: es el tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el ambiente en que vivimos». De ahí la invitación: «Seamos «custodios» de la creación, del proyecto de Dios inscrito en la naturaleza; custodios del otro, del ambiente; no dejemos que ciertos signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este nuestro mundo!» El «dominio» sobre la tierra que Dios garantiza al hombre no es el de un dueño – el dueño es sólo Dios, Señor del cielo y de la tierra -, sino el de un administrador. Los buenos administradores tratan a la naturaleza con respeto, lo cual genera un estilo de vida sencillo y sobrio, que contribuirá a preservar el ambiente para las generaciones futuras.

El Papa Francisco ha repetido en su exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG) (24 noviembre 2013) algunas de sus primeras palabras de Pontífice: «Como seres humanos no seamos meros beneficiarios, sino custodios de las otras criaturas. Mediante nuestra realidad corpórea, Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertización del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuese una mutilación. No dejemos que a nuestro paso queden signos de destrucción y de muerte que afecten a nuestra vida y a la de las futuras generaciones.» (EG 215). La condena del sistema «que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios» es clara, porque en el sistema, «cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.» (EG 56) Por tanto, «ésta es la primera respuesta a la “primera” creación: custodiar lo Creado, hacerlo crecer.» (Homilía, Santa Marta, 9 febrero 2015).

Uniendo su voz a la de sus predecesores – y en la forma específica de la Encíclica -, el Papa Francisco suscita preguntas y razonamientos. Confiamos que muchos, acogiendo el reto en términos de fe y de propuestas operativas, estarán profundamente agradecidos por el hecho de que un líder mundial haya tenido la valentía de reclamar a todos un futuro más sostenible e inclusivo. . . Y el llamamiento de Francisco no es en absoluto débil, sino contundente, como lo fue con ocasión de la Conferencia de Lima (27 noviembre 2014): «El tiempo de encontrar soluciones globales se está agotando. Podemos encontrar soluciones adecuadas solamente si actuamos juntos y concordes. Existe por tanto un claro, definitivo e improrrogable imperativo ético de actuar.»

La Iglesia no es una «ONG verde»

Algunos discuten si la Iglesia en general, y en particular el Papa, deben entrar en el fondo de este asunto. Los que son más contrarios a determinados descubrimientos científicos sobre el cambio climático parecen también los más favorables a la continua explotación de los combustibles fósiles. Se podría argumentar que el Papa tiene cosas más importantes de qué preocuparse que del tema del ambiente. Su obligación de pastor debería ser – dicen – la salvación de las almas. Alguien podría pensar que la fe es un añadido opcional al compromiso ecológico, cosa por otra parte desmentida por todos los últimos Pontífices: sería como decir que los fundamentos son un añadido opcional a un edificio. En efecto, es por la fe que sabemos que somos «criaturas» y no los productos accidentales o fortuitos de fuerzas ciegas o coincidencias casuales. .

Esta preocupación no transforma la Iglesia en una «ONG verde». Al contrario, debemos repetir con el Concilio que en nuestros días la humanidad «se formula con frecuencia preguntas angustiosas» sobre la evolución del mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino último de las cosas y de la humanidad.» (Gaudium et spes, n. 3). Por ello, es necesario instaurar «un dialogo acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar.»

La preocupación por la ecología humana y ambiental muestra una dimensión fundamental de la fe, con planteamientos actuales, que contempla la salvación del hombre y la construcción de la vida social. Esta preocupación por la ecología tiene pues un lugar en la doctrina social de la Iglesia. Por esto hoy ha llegado el momento de tener en nuestras manos una Carta encíclica entera – y no sólo algunos párrafos de ella – sobre el tema ecológico.

Hoy sabemos muchas cosas sobre el ambiente. Se han llevado a cabo muchas investigaciones. Y aunque no estemos de acuerdo con algunos resultados, la contaminación de los ríos y los lagos, los monocultivos que destruyen tierra y medios de subsistencia, la muerte de tantas especies causada por el progreso humano, son realidades evidentes, que requieren una atención específica de los fieles. Todos estos análisis han de ser vistos por el creyente desde una perspectiva cristiana. En realidad, después del Mensaje del 1990 de san Juan Pablo II, la cuestión ya no es si los católicos deben afrontar cuestiones de ecología desde una perspectiva de fe. La verdadera pregunta que se formulan todas las sociedades, incluidas las comunidades cristianas, es cómo deben los católicos afrontar cuestiones de ecología desde una perspectiva de fe.

La ciencia ha hecho lo que ha podido, recogiendo todos los datos posibles, buscando colaboraciones entre muchos estudios especializados, poniendo en común las recíprocas competencias, llegando a una opinión unánime y dando sugerencias. Las preguntas son numerosas. ¿El cambio climático es antropogénico, es decir, debido al hombre? ¿O es un proceso cíclico de la naturaleza? ¿O es probablemente causado por ambos?

Y, cualquiera que sea la causa, ¿se puede hacer algo? Es incontestable el hecho de que nuestro planeta se está calentando. En efecto, el Informe de síntesis del Grupo intergubernamental de expertos de las Naciones Unidas sobre cambios climáticos (Ipcc) de noviembre de 2014 fue muy duro. Thomas Stocker, copresidente del Grupo de Trabajo 1 del Ipcc, comentó: “Nuestra evaluación reconoce que la atmósfera y los océanos se han recalentado, la cantidad de nieve y hielo se ha reducido, el nivel del mar ha ascendido y la concentración de anhídrido carbónico ha alcanzado unas cifras sin precedentes al menos en los últimos 800.000 años.” (http:// www.un.org). Ésta es la opinión unánime de más de 800 científicos del Ipcc, y representa un reto enorme. Ahora nos toca a todos, aunque la mayoría no seamos científicos, sacar las conclusiones y actuar.

El Papa Francisco, cuando prepara su Encíclica, afronta este reto, reconociendo adecuadamente el punto de vista científico sobre el cambio climático, sus causas y consecuencias, y los remedios necesarios. El líder de la principal religión del mundo se apoya en su fe, en el magisterio de la Iglesia, y en los mejores informes y los mejores consejos de que dispone, demostrando que es nuestra obligación acoger y cribar informaciones, juzgar, tomar decisiones y actuar. Éste es su objetivo: no sólo hacer especulaciones ni exponer esta o aquella teoría, sino invitar a los hombres de buena voluntad a considerar bien sus responsabilidades para con las generaciones futuras, y a actuar en consecuencia. Los creyentes tienen un motivo más para ser buenos administradores del don de la creación, porque saben que se trata de un don de Dios. No es necesario ser estudiosos del clima para cumplir con sus propias responsabilidades ambientales como creyentes que habitan la tierra. Lo debatido será después bien acogido. .

No se trata aquí de hacer campañas para salvar cualquier rara especie animal o vegetal – cosa importante por sí misma -, sino de asegurar que centenares de millones de personas tengan agua potable para beber y aire no contaminado para respirar. Ésta es una grave responsabilidad moral a la cual no es posible sustraerse. La respuesta nula sería un pecado de omisión.

Nos corresponde a nosotros comenzar el cambio, nos corresponde como Asociaciones cristianas y salesianas juntarnos para buscar las mejores soluciones, porque, como dice el Papa Francisco: «El tiempo para encontrar soluciones globales se está agotando. Podemos encontrar soluciones adecuadas sólo si actuamos juntos y concordes. Existe por tanto el claro, definitivo e improrrogable imperativo ético de actuar.”

Por tanto, es urgente iniciar un proceso de conversión continua y auténtica humanización y esto requiere por parte nuestra una actitud de humildad y misericordia a nivel personal, con los otros y con todo el universo.

NOS PREGUNTAMOS:

¿En qué condiciones nos encontramos para afrontar este reto de la ecología?

¿Qué actitudes podemos reforzar a nivel personal para continuar el proceso de conversión ecológica?

¿Qué “línea de acción” podemos asumir como Asociación para continuar el proceso de formación para una ciudadanía ecológica?